15/6/14

Fuera del guión: la historia de Rudy Bowman


Hace poco hablé aquí de la película “La Legión Invencible” (John Ford, 1949) en la que se mostraban los últimos momentos del “general” Rome Clay y la oración fúnebre a él dedicada.

Hace un tiempo, por casualidad, encontré un artículo del 'Selecciones del Reader’s Digest' de junio de 1949; está en inglés y me he atrevido a traducirlo de forma tan voluntariosa como cacahuera (y algo libre); su autor es un tal Grady Johnson y se titula “Fuera del guión”. Voy a ello:




Sobre el desierto habían dispuesto raíles de aluminio para las ruedas de goma de las cámaras, y grandes paneles de papel brillante reflejaban la luz del sol sobre una franja de arena al pie de uno de los cerros de Monument Valley, en Utah. “¡Todos a sus puestos!” La tranquila voz del ayudante de dirección sonó áspera en la quietud del valle.

Wayne, Ford, Johnson

Los actores John Wayne, John Agar y Ben Johnson, con sus uniformes de la caballería, se hicieron a un lado para dejar pasar a un “extra” de mediana edad. Observaron cómo se tendía ante la cámara; entonces, entraron en la escena con él. Ni un sonido. El único movimiento era el de un águila ratonera volando plácidamente en el cielo de platino. El objetivo de la cámara se preparó.

Un hombre se plantó ante la lente y levantó una claqueta en la que se leía: “Argosy Pictures. She wore a yellow ribbon. Escena 137. Director, John Ford. Technicolor”. Entonces el hombre hizo algo inusual. En vez de mirar al operador de cámara, se volvió a contemplar al extra tendido en el suelo detrás de él. Por entonces todo el mundo estaba mirando a Rudy Bowman. Rudy sentía todos los ojos sobre él, por lo que volvió la cabeza y fijó su mirada, reflexivamente, en el águila. Era su momento, la oportunidad que había esperado. ¿Sería capaz de declamar sus líneas? Tragó saliva y miró a la cámara. Wayne, de pie ante él, le guiñó un ojo. Bowman sonrió y exhaló un largo suspiro. El director John Ford miró sus dedos entrelazados. “Motor”, exclamó, casi de forma inaudible. Bowman elevó su barbilla y una luz apareció en sus ojos.

Todos los presentes conocían su historia.

A principios de la década de 1900 los habitantes de Newton, Kansas, daban por sentado que el joven y guapo Rudy Bowman llegaría a ser un cantante o actor profesional. Cuando participaba en la obras de Navidad y en los cantos comunitarios, las facciones regulares del niño, su pelo rubio ondulado y su rica voz de soprano le convertían en la sensación local. Rudy también tenía confianza en sí mismo. Se jactaba de conseguir siempre lo que quería si esperaba lo suficiente. La bicicleta, el pony y el rifle que anhelaba llegarían de una forma u otra. Cuando cumplió 24, la chica a la que amaba se convirtió en su esposa y él consiguió el trabajo que quería.

Poco antes del mediodía del 3 de noviembre de 1918, el soldado raso Rudolph Bowman, con otros siete hombres del Cuartel General de la 89ª División, se arrastraba sobre el vientre hacia una posición artillera alemana cerca del río Mosa. De repente, la tierra explotó ante ellos. Todos menos Bowman murieron al instante.

Sangrando por la garganta, intentó gritar pidiendo ayuda, pero no podía emitir sonido alguno. La metralla había destrozado sus cuerdas vocales. Respirar era igualmente difícil. A causa de la herida, una sección de su tráquea formaba una válvula que emitía una especie de silbido cuando intentaba respirar. Sólo manteniendo su respiración de manera lenta era capaz de conseguir algo de aire. Cercano a la asfixia, pensó varias veces que la muerte sería una bendición. Pero cada vez que estaba a punto de rendirse, algo le decía: “espera”.

Le rescataron dos horas más tarde y esperó toda la noche en un puesto de primeros auxilios antes de ser trasladado a un hospital. Aunque había pasado 89 días en el frente sin casi reposo, no se atrevía a dormirse por temor a asfixiarse. Al día siguiente, en un hospital en Barois los médicos se disponían a operarle. Las enfermeras tenían el éter preparado. Frenéticamente Bowman indicó que quería lápiz y papel. Débil por el dolor y la pérdida de sangre, se las arregló para garabatear: “Intento controlar mi respiración; si usan éter, me ahogaré”. El médico rápidamente hizo una incisión en la garganta de Bowman e insertó un tubo respiratorio.

Trece meses y once hospitales después, el único sonido que Bowman podía emitir era el resultante de aclararse la garganta. Enfermeras y médicos le contemplaban con lástima porque sabían, por un cuestionario de rutina, que quería convertirse en actor. Un día Bowman experimentaba con los sonidos de aclararse la garganta. Descubrió que podía variarlos apretando su garganta y forzando violentamente el aire hacia arriba desde su diafragma. Pronto pudo convertir a estos gruñidos abdominales en palabras sencillas y chirriantes. Las enfermeras se acostumbraron a esos ruidos extraños y empezaron a entender algunos de ellos. Un cirujano pensó que Bowman estaba hablando con los pliegues ventriculares de su garganta y cortó parte del tejido de la cicatriz para mejorar la calidad de los sonidos. Viendo esperanzas para él, la Administración de Veteranos envió a Bowman al Instituto para Sordos de San Luis.

Durante ocho meses, diariamente, ejercitaba los músculos del diafragma y la garganta hasta quedar exhausto. Un día de septiembre de 1920, Bowman se dirigía nervioso al centro del escenario del Arsenal de San Luis. Se encontraba allí para realizar una demostración de su “voz”. Era una exhibición monstruosa, si no patética, promovida por el Instituto y la Asociación de Veteranos. Con sonidos chirriantes, inhumanos, Bowman no sólo “habló”, sino que llegó a “cantar” “The Holy City”. Entre el público un bebé comenzó a llorar. Al acabar la canción Bowman explicó: “Es mi pequeña hija, Bonita. Me hace muy feliz que me pueda oír suficientemente bien como para sentirse molesta”.

Una grabación de la canción se envió a la Biblioteca del Congreso en Washington. La Asociación de Veteranos describió la actuación de Bowman como uno de las raras ocasiones en que se pudo escuchar a alguien hablando sin cuerdas vocales. El “milagro” le llevó a ser examinado una y otra vez por los médicos.

Los años 20 encuentran a Bowman en Hollywood. El cine era mudo y la calidad de la voz de un actor no importaba. Encontró trabajo como ayudante de cámara y participó como extra en numerosas películas. Entonces llegó el sonido. Los compañeros de Bowman le aconsejaron, amistosamente, que rechazara la idea de cualquier papel hablado, pues su voz, aunque admirable considerando su incapacidad, sonaba como un gruñido. Bowman se negó a retirarse.

Continuó practicando con su voz. Y esperó. Diariamente ejercitaba la terrible tensión muscular que le producía el intento de hablar. Una hora de ejercicios le dejaba ronco durante días. Mientras tanto, conseguía más trabajo que el resto de extras debido a su majestuosa apariencia. Su cabello castaño claro y largo, el gris bigote y las largas patillas le convertían en una elección perfecta para muchos directores. Pero no perdía la esperanza de encontrar un día la oportunidad de declamar unas pocas líneas, aunque fueran insignificantes. Lo deseaba más que ninguna otra cosa.

Entonces conoció a John Ford. También veterano de guerra herido y presidente de la sección cinematográfica de la Orden del Corazón Púrpura, Ford empleaba siempre que le era posible a portadores de esa condecoración por heridas de guerra. Como casi todos en la industria del cine, conocía a Bowman de vista y sabía de su historia. Mientras hablaban, Bowman confesó entre risas su anhelo de hablar ante la cámara. Algo se encendió en la mente de Ford. Estaba a punto de comenzar una nueva película. En ella, un soldado moribundo declamaba tres líneas. “Rudy”, le dijo, “Creo que puedes hacerlo. Sólo espera”.

Así fue como el 3 de noviembre de 1948  —30 años después de que la metralla destruyera su capacidad de hablar—  Rudy Bowman, de 58 años, se tendió sobre la arena del desierto ante una cámara de cine, desempeñando un pequeño papel en una película sonora. Ford dijo: “Muy bien. Habla”. Desde las torturadas profundidades de su abdomen, con un nudo en la garganta provocado por los músculos y la emoción, llegaron las primeras palabras de Rudy Bowman ante la cámara. Fueron ásperas y agudas, pero habladas por un viejo soldado:

No se preocupe por mí, Capitán”, dijo el soldado moribundo. “Espero que perdone mi presunción… quisiera elogiar a los muchachos por cómo han llevado esta acción…”. Aquí la voz de Bowman se quebró. Lágrimas brillaban en sus mejillas y caían a la arena caliente. Una actuación maravillosa, pero no estaba en el guión. Tragó saliva, apretó los músculos del estómago y continuó “… según la mejor tradición de la caballería”. La voz había sido perfecta para un hombre moribundo. Fred Kennedy, un duro especialista, gruñó: “Tú, maldito … (intraducible), tú eres el primer hombre que me ha hecho llorar”.

Bowman se levantó y se retiró a esconder sus propias lágrimas. Había esperado mucho tiempo.


  • Sólo cuento con la versión doblada de la escena. Sería interesante encontrar la versión original, donde se pudiera apreciar la voz de Rudy Bowman.
  • Edito: la encontré AQUÍ.
  • No sé si el relato es absolutamente fiel a la realidad, pero la verdad es que importa bien poco. La historia bien pudo haber sido inventada por el propio Ford. Quién sabe.
  • El artículo del Reader’s Digest es bastante flojito de estilo y algo recargado, y mi traducción de aficionado no habrá contribuido precisamente a mejorarlo. No pido disculpas ni condescendencia, sólo doy explicaciones. Pero no siempre es lo mejor escrito, ni lo más bonito, ni lo conveniente, ni lo mejor hecho, ni lo mejor… nada, lo que más nos gusta, ni lo que más nos llena, ni lo que más nos emociona. Afortunadamente.

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