18/6/14

El discurso

El viejo Abe Lincoln hizo el mejor discurso que en mi opinión ha hecho nunca un Presidente americano y, si se me apura, angoleño. Lo pronunció con motivo de la inauguración del cementerio de los caídos en Gettysburg, la sangrienta batalla que tuvo lugar los primeros días de julio de 1863.

El acto se celebró el 19 de noviembre siguiente, y Lincoln intervino tras lo que se consideraba el discurso-dedicatoria principal, a cargo de un tal Edward Everett, tenido por entonces como el mejor orador de la época; el tipo, Everett, estuvo dos horas de reloj largando sin parar, mientras que Lincoln se despachó a continuación con diez frases dichas en menos de tres minutos:


Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales.

Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla de esa guerra.

Hemos venido a consagrar una porción de ese campo como lugar de último descanso para aquellos que dieron aquí sus vidas para que esta nación pudiera vivir. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa.

Pero, en un sentido más amplio, nosotros no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este terreno. Los valientes hombres, vivos y muertos, que lucharon aquí ya lo han consagrado, muy por encima de lo que nuestras pobres facultades podrían añadir o restar. El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos, pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí.

Somos, más bien, nosotros, los vivos, quienes debemos consagrarnos aquí a la tarea inconclusa que los que aquí lucharon hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien los vivos los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que de estos muertos a los que honramos tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron la última medida colmada de celo. Que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra".

Pintura de Norman Rockwell (1942)

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